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Exmo. Sr. Marqués de Lozoya
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Es una pintura idealista donde juega con el misterio la intranquilidad del propio artista y el color, dominándolo de una forma perfecta.
Louis-Guilles Balaka
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Ante el mundo. Son los acontecimientos sociales lo que pinta MONCHOLC. Traduce a la pintura los tormentos del hombre en su existencia. Esa expresión de la realidad se ve acentuada por un aporte de símbolos. Verdadero análisis crítico de nuestra sociedad, la pintura de este artista encuentra sus raíces en su propio entorno social. El alma del ser humano está acribillada por sus condicionantes sociales. Aquí está exorcizada por cuadros que gritan muy alto sus palabras de verdad. Su arte viaja entre lo prohibido, lo tolerado y las expresiones de su revuelta. No choca, se limita a enseñar. El símbolo aparece aquí para dar la justa medida entre una obra provocadora y la figuración narrativa. Moncholc privilegia el lenguaje y el color. Se atreve con los tonos vivos, con los que llega directamente a la mirada del espectador. Ellos revelan las angustias de los personajes en su profundidad exaltada. Su obra no es solamente la escenografía de la tiranía social, desenmascara los tormentos de un pensamiento alienado. Los personajes así exhibidos ante el mundo, poseen la muda constancia de sus inquietudes. Sus caras están petrificadas en la máscara de la gravedad. Más que una actitud de mutismo dolorido, es la mirada generosa de la realidad de las situaciones lo que pinta MONCHOLC. Su universo pictórico se erige en testigo de una realidad no siempre agradable de revelar.
E. Covarruvias
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La pintura de Moncholc es un auténtico placer. Una verdadera delectación espiritual, como en toda pintura Expresionista que está invadida por el subjetivismo. cada mancha es un impacto para la vista, cada cuadro puede producir mil emociones, No importa su interpretación ni su significado. Ni siquiera su representación. simbólica. Lo que importa es que produzca deleite que emocione y cautive. Hasta que estremezca a veces. Y la pintura de Moncholc es placer, emoción y estremecimiento. Es -que a nadie le quepa la menor duda- el efluvio en torrentera apasionada y arrebatadora del arte.
Rosa Martínez de Lahidalga
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Es importante, a la hora de enjuiciar la obra de un artista, indagar cual ha sido su trayectoria. Moncholc, autodidacta, empezó a pintar el año 1971. En sus primeras obras dominaba el desbordamiento del color en pinceladas arreboladas y turbulentas. Se diría que consideraba la materia como a un sujeto capaz de protagonizar su desmesura emocional. En las obras de entonces apenas hay orden compositivo y sobre mares de materia densa aparecen rostros y cuerpos de mujer en una evocación de pesadilla. De aquellas pinturas a las que hoy presenta hay una evolución rotundamente positiva. En sus paisajes actuales los cielos se enfurecen, se diría que incluso emiten sonidos como si en el espacio se libraran sordas batallas. Por el contrario, a «ras de suelo», se nos muestra la vida apacible que transcurre en un medio rural: campos desnudos que Moncholc cubre de colores tibios y cálidos, orillas que verdean junto al agua, y siempre la figura humana, labradores en el surco, parejas de enamorados junto al árbol del bosque, la ancianidad camino de una ermita desierta… Moncholc es granadino y su tierra, exuberante, depositaria de una gran tradición en la «magia» de lo sensual. Desde hace dos años vive en tierras de Extremadura. Ello ha contribuido, sin duda, a temperar el apasionamiento del color y se ha hecho menos vertiginosa la pincelada. Los paisajes que contemplamos son exponentes de una ordenación firme del espacio compositivo. Establece el pintor en muchos de ellos una escala ascensional de horizontalidades de manera que aparecen en perspectiva las tierras y el hábitat rural. Aquí el pincel menudea y salpica la materia ciñéndose a transcribir una realidad envuelta en poesía. En la línea de horizonte y de apertura al espacio salta de nuevo la pincelada abrupta, el colorido intenso y violento embebido en una materia secretamente trabajada, de textura tersa, brillante y consistente. En el momento actual coexiste en su pintura un expresionismo de matiz surreal, de un lado, y el realismo poético e incluso ingenuista, del otro. Las dos corrientes se avienen a un pacto de equilibrio del que se puede esperar, dada la seriedad con que afronta Moncholc la vocación de pintar una evolución ascensional como hasta ahora viene poniendo de manifiesto. En esta misma exposición que comentamos se ofrece una serie de pequeños formatos, mejor dicho, de miniaturas. Aquí la pincelada pone el toque preciso en trazar la filigrana de un paisaje que es fiesta colorista. Buen ejercicio para concretar y frenar impulsos que nacen de un subconsciente complejo y emotivo, propenso a surcar espacios en libre e inquietante movilidad.
Anne Vanoli
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Autodidacta, de origen granadino, Moncholc pone de manifiesto una turbadora sensibilidad, pues la síntesis de sus violentas pinceladas, recorriendo el lienzo, crea un espacio que parece absorber la violencia de nuestro mundo y extirparle la gangrena como haría un catalizador de fantástico cromatismo que no dejara en nuestra tierra nada que no fuese calma, voluptuosidad y serenidad luminosa. Pero dicha oposición, de vivos colores, que edulcora esos paisajes o retratos, mantiene su agresividad, porque su inspiración sólo sirve para disimular un utópico deseo de apaciguamiento y para poner de relieve una impresión demasiado falaz. Una empresa y una demostración en todo caso muy interesantes.
Conchita de Kindelán
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Lo que más sobresale de la obra de Moncholc es su fantástico colorido. Sus verdes esmeraldas son vivos, resplandecientes, lo mismo sus violetas, sus azules y rojos como mares profundos y llamas. Sus tonos con reflejos y brillos, con calidad de piedras preciosas de esmalte, vibran a la luz, y sus sorprendentes y valientes composiciones producen una mezcla de deleite y placer, son obras que cautivan, personal y único, esta fuerte y extraña cromática, combinada con sus figuras, gnomos, meigas, duendes o hadas, árboles milenarios o soñados, son las características de este gran artista granadino, que destaca cada vez más por su fuerza e inédita personalidad de extraña belleza.